Dear Miss Valdéz:
“No es extraño que aquellos pobres postmodernos estuviesen locos y fuesen desdichados y miserables. Su mundo no les permitía tomar las cosas con calma, no les permitía ser juiciosos, virtuosos, felices. Con madres y prohibiciones para cuya obediencia no habían sido condicionados, con los remordimientos solitarios, con todas las enfermedades y el dolor eternamente aislante, no es de extrañar que sintieran intensamente las cosas y sintiéndolas así (y, peor aún, en soledad, en un aislamiento individual sin esperanzas) ¿cómo podían ser estables?”
No diré más. Al menos por esta semana.
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